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Entre luz y tiniebla || 18.03.2016 || 10:00 a.m. || Reservado

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Entre luz y tiniebla || 18.03.2016 || 10:00 a.m. || Reservado

Mensaje por Iam Savage el Lun Sep 19, 2011 12:11 am

No se podía fiar del Sol, ni siquiera cuando intentaba vender su calidez a los humanos que se encontraban ansiosos de ver a la Luna caer, ensombreciendo a la noche con sus ondas anaranjadas, apagando las estrellas que en el firmamento desfilaban. El invierno aún cerraba sus puertas a la estación que amenazaba con reemplazarla, pero a esas alturas, Aidan habría estado conversando con cualquiera que se cruzara en su camino, intentando sonsacar cualquier información de los planes que tendrían para cuando iniciara la temporada. Iam siempre había disfrutado observar la diversión bailando en su mirada, la forma en que el color azul se intensificaba, el anhelo con el que le suplicaba que lo llevara a cualquier sitio lejos de las cuatro paredes que conformaban el edificio en que se quedaban. Esa mirada se había ido e Iam solo podía sentir el vacío alimentándose de sus entrañas ahora que le estudiaba. En su egoísmo le había resultado tan fácil cerrarse al mundo para sumergirse en el autodesprecio. Iam había perdido a su melliza pero Aidan había perdido a una madre, ¿quién mejor que él para comprender cómo debía de sentirse? Los Savage solo se habían tenido el uno al otro, un par de niños que aprenderían sobre la marcha a sobrevivir. Aidan le tenía a él, un adulto que podría velar por su seguridad. La media sonrisa que perfiló su boca hablaba de burla, ¿no había prometido cuidar de Desari también? ¿Y dónde estaba ahora? – Iam. Una temblorosa voz lo sacó de su ensimismamiento. El puño de Iam se cerró sobre el relicario que le había arrebatado a su melliza. Su fuerza mermada ante el dolor no le había permitido abandonar la única pertenencia que había cargado consigo. – Iam. Las venas en su puño se marcaron mientras alzaba la mirada para hacerle ver a su sobrino que le había escuchado. – Julián me ha dicho que...

El pequeño se interrumpió e Iam se guardó una maldición. Lo había asustado. ¡De nuevo! Eso era lo último que parecía saber hacer. – Continúa, Aidan. Sabes que puedes decirme lo que sea. ¿Por qué no era más dado al afecto? Desari. ¿Cómo podría dejar de sentirse tan inútil cuando era su melliza quien se las arreglaba para reprenderlo, haciéndole dejar ese duro rostro para demostrarle a su sobrino que no debía temerle? Se obligó a suavizar las líneas de su frente e incluso una media sonrisa apareció en su rostro. - ¿Qué te ha dicho Julián? Aidan se encogió de hombros, en un claro gesto por hacerse ver como un adulto a quien no le importa lo que está por soltar. No. Iam no quería que su sobrino fuese como él, mostrando una indiferencia para escudarse contra quienes le importaban. – Me ha dicho que... La próxima vez que vea a un grupo de esos que luchan contra el mal, se irá con ellos. Iam podía ver hacia dónde se dirigía. - ¿Tu también te irás? Si lo haces... El labio de Aidan tembló. – No iré a ningún lado. – Pero... – Si alguna vez decido hacerlo y no digo que lo esté pensando, tú serás el primero en saberlo. Iam alborotó el cabello de su sobrino. Odiaba la idea de mentir, todo lo que quería era luchar por venganza. Cada noche que pasaba sus violentos impulsos se acrecentaban. Sin su sobrino habría marchado hacía ya mucho tiempo. – Vamos. Salgamos de aquí. Recurrió a la única vía de escape para distraerle de sus miedos. Salir le vendría bien a los dos. Dos meses. Su hermana llevaba muerta dos meses y ya se sentía como toda una eternidad.
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Re: Entre luz y tiniebla || 18.03.2016 || 10:00 a.m. || Reservado

Mensaje por Sarah Holland el Lun Sep 19, 2011 5:58 am

Sarah cruzó las puertas del hospital, bajó la escalinata y se sentó en el último escalón. Estaba agotada, no había comido casi y no había dormido nada en toda la noche puesto que había estado trabajando, haciéndole el parto a Grace, una de las pocas jóvenes embarazadas que habían en la Resistencia. Grace quería un parto natural y había pedido que fuera Sarah quien la ayudara pues se conocían desde hace tiempo, además de que fue ella quien la trató durante los nueve meses. Y también necesitaba apoyo, el padre de la criatura estaba a miles de millas de allí en una misión y no tenía a nadie más, así que Sarah hizo el papel de familia y de doctora. Estuvo aproximadamente 12 horas junto a la joven, dándole ánimos y prometiéndole que todo iba a salir bien, que todos iban a estar bien. Ambas eran nuevas en esto, Grace iba a ser madre por primera vez y para Sarah era la primera vez que participaba directamente en algo así. Había atendido a otras embarazadas pero el parto siempre lo hacía un médico profesional o una enfermera con mucha más experiencia. En el momento final, a petición de Sarah, el señor Nathan –el médico con quien ella trabajaba–, se les unió en el por si hacía falta ayuda.
Todo salió bien, tal y como Sarah había prometido. La pequeña pesó 2.9 kilos y la madre fue muy valiente y sorprendentemente calmada. Ahí fue cuando presenció una de las escenas más bonitas y emotivas de la vida, de la que había leído varias veces y siempre quiso presenciar: la primera vez que una madre sostiene a su hijo. Ni el agotamiento, ni el hambre, ni el sueño pudieron evitar que Sarah sintiera una calidez en su interior que la hizo derramar algunas lágrimas de emoción. Fue una experiencia increíble, indescriptible.
Estuvo un rato más con ellas, satisfecha con el trabajo que había hecho. Luego el señor Nathan la felicitó y le dijo que estaba muy orgulloso a lo que Sarah agradeció con una sonrisa de oreja a oreja.
Tienes unas ojeras horribles, por cierto. Y parece como si en cualquier momento te pudieras desmayar. Tómate el día libre y descansa, yo cuidaré de ellas —le dijo después. Ella quiso quedarse un poco más pero se le ocurrió ir al bosque a recoger algunas frutas y flores para Grace y la pequeña así que se retiró prometiendo que volvería por la noche. Descansaré cuando muera, la vida es muy corta para estar descansando.

Ahora que estaba sola pensó el trabajo que iba a costar criar a la pequeña. Iba a ser difícil, muy difícil y los padres iban a tener que sacrificarse mucho. No habían recursos ni condiciones y el mundo era un caos pero tampoco se podía dejar de crear nuevas vidas porque o si no se extinguirían los humanos y eso no podía ser aunque tampoco era justo para un niño crecer rodeado de tanta destrucción. Estamos bien fastidiados. Levantó la mirada, el cielo estaba gris y de pronto sintió como toda la felicidad que había sentido hace unos minutos desaparecía. No, su día no se podía estropear tan fácilmente. Vamos, Sarah, ánimos. Cerró los ojos y contó hasta tres. El bosque fue lo que le vino a la mente, el árbol al que se subía y el riachuelo, la roca en la que se sentaba a leer y los arbustos de frambuesas que habían por allí... Ahí era donde único se sentía bien y esa sería su siguiente parada. Abrió los ojos y le sonrió al cielo. Y al bosque voy, como siempre.
Caminó sin prisa, tarareando una de sus canciones favoritas y saludando con una sonrisa bien grande a todo conocido y desconocido que pasaba por su lado. Se detuvo en el parque cuando vio al pequeño Aidan, a quien había atendido varias veces en el hospital, junto con su tío. El niño la saludó y ella se les acercó.
¡Aidan! Hola, pequeñín —se agachó para estar de su tamaño y le dio varias palmaditas en el hombro— Buenos días, Iam.
Saludó al joven mientras volvía a su postura normal.
¿Cómo están? ¿Todo bien?
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Sarah Holland

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